Categories
El mundo que hoy vemos

Los días

He conocido tres tipos de días: los que apenas pasan, los que vuelan, los que quieren volar.

Hoy es un día que quiere volar; el amanecer se despierta en mi cuerpo con urgencia de levantarse y abandonar la habitación en la que está, pero no es suficiente, además quiere tenerlo todo.

Mi cuerpo, que en días que apenas pasan, apenas existe, en días que quieren volar tiene sed de bailar, de correr, de disfrutar la música y el silencio, de morder una fruta fresca, de crear en cuanto se despierta, quiere leerlo todo y escribirlo todo sin perder el ritmo ni la emoción en el proceso. Es un cuerpo que anhela los rayos del sol, el viento y largas caminatas mirando sus propias huellas.

La semana estuvo llena de días que apenas pasaron. En esos días el amanecer no es un empujón al cuerpo para que se levante, es más bien un saludo lejano y desganado. Me muestra la palma de su mano, le muestro mis cejas reaccionarias y doy vuelta a la almohada y sigo durmiendo hasta que dejan de ser horas de despertar, porque eso sí, sea el día que sea, se nos dijo que las horas tienen un designio; hay horas que no son para ser vividas ¿o vívidas? Hay horas que no deberían ser vividas como las vivimos. Pero hace mucho que tiré a la basura esas ideas absurdas.

En fin, en esos que apenas existen, dejan de ser horas de despertar y entonces sí despierto, erráticamente, hacia un día en el que ya es tarde, pero a mí no se me ha hecho tarde para nada. Listo y comido el desayuno, las ganas de volver a dormir vuelven con toda su fuerza. Y despierto más tarde, cuando ya es noche. Después vuelvo a la cama… Averiguaremos qué clase de día será mañana.

Si es un día que vuela, no cabe duda, todo lo que hice fueron verbos conjugados; los que yo quiera, pero muchos, juntos, al mismo tiempo, abrazándose, compitiendo, todos satisfechos.

Así es como son diferentes a los días que quieren volar, porque pueden volar y aterrizar antes del medio día (entonces medio día voló), y convertirse en una larga siesta al atardecer, o pueden ser días en los que las siestas, los despegues, los aterrizajes, la turbulencia y todo lo que sucede al volar sucede varias veces sin que parezca que el día pasa. Tú te mueves, el día te ve moverte. Hasta que termina de mirarte y puedes o no terminar de moverte; como seguir actuando ya cerrado el telón. Esos días todo lo decides tú y el día no dice nada, solo cambia su color y el número del mes.

Para ser un día que quiere volar, se mira cansado, parece que ya terminó y todavía no es medio día. Pero puede que duerma y el ímpetu me despierte de nuevo en la tarde para volver a empezar, y ver si este mismo cuadro del calendario quiere volar, voló o apenas existe, porque también se puede ser las tres en el mismo número y que el número del mes no cambie.

Una vez esto explicado, la fruta saboreada, los siglos de música que sonaron en mi mente y solo dentro de ella, las creaciones, los bailes hechos en la imaginación y toda esa energía dada a la nada, puedo volver a la cama. Así se parten los días. Así se vive más en menos tiempo. Así se envejece tras dos noches. Así no se supone que era, pero así es, cuando le da la gana.