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Poesía

No sé decir

Puntos finales escribo con frecuencia,
pero en realidad no sé decir adiós.
Creí haber aprendido,
logré engañarme.
No tengo forma de hacer versos
que no sean incompletos,
como yo.
Tampoco puedo hacer más
que pequeñas historias
porque no quiero encontrar un final
para lo verdaderamente vivo.
Y cada pequeñez
que termina apenas comienza
no parece doler.
No se siente el tiempo
en una postal
como en una carta,
mucho menos en hojas
distantes en las que todo
sucede y cambia.
No se siente el tiempo
en palabras cotidianas,
hasta que las desconoces,
hasta que ellas mismas desconocen
tus labios y su esencia
porque para ti no significan nada.

No se siente el tiempo
en las horas durmiendo
pero el insomnio
no se niega a atormentar
de vez en cuando.
Y en la tormenta aparecen de nuevo
todos esos puntos
y todas esas despedidas
que no aprendí a dar.
A veces creo que no existen las despedidas.
Luego pienso en las buenas noches,
hasta pronto, hasta luego, “nos vemos”,
y un día no nos vemos, sin habernos dicho adiós.
No existen las despedidas.
En el fondo, el abandono queda en nosotros,
encuentra su camino dentro
para quedarse en los círculos
de nuestros breves infiernos
por cada adiós que no sucedió,
ni tienen remota posibilidad de ser.
Eso que sientes cuando no me miras,
eso que siento cuando veo el espejo,
eso que no está todos los días,
es el adiós que jamás existió.
Y aun entonces no nos deja.